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El afro no conoce de género o edad… es un estilo que se debiera vivir con plenitud y en libertad. El estilo afro trae asociado un sinfín de cuestiones sociales y culturales que lamentablemente tienen que ver con prejuicios y discriminación. Si bien estamos hablando de un tipo de cabello y las diferentes formas de lucirlo, las ideas que los circundan no tienen siempre las mejores intenciones. Frente a una cabellera afro, el prejuicio social de color blanco arroja palabras o frases como estas: negro y por ende delincuencia, una presencia desalineada y hasta hombres homosexuales por llevar su cabello largo. La gente negra (en particular el hombre) y la delincuencia mantienen una relación que siempre se vio reflejada en la pantalla grande y que de a poco se metió en el inconsciente (y consciente colectivo): el malo o delincuente es negro o habla con “acento” afroamericano. El aspecto “improlijo” del cabello afro se traslada automáticamente a una personalidad desordenada que no cumple con los estándares blancos de la sociedad dominante. Nada que decir sobre la relación que se le atribuye al pelo largo, crespo y negro con las preferencias sexuales de quienes lucen orgullosos sus melenas afro. Como he comentado en otras de mis publicaciones, un cabello afro saludable  requiere de cuidados especiales: una excelente hidratación y nutrición permanentes y diarios. Y, de alguna manera, los cuidados capilares minuciosos están asociados a la mujer y no al hombre. Esta idea subyacente de que el hombre (si es bien machito) no puede perder tiempo en la peluquería o en su casa cuidando su pelo… ¡eso es cosa de mujeres! Error: el caballero con estilo afro puede, debe y está en todo su derecho de cuidar su cabello sin caer en estereotipos malintencionados. 

El afro tampoco conoce de edad. Al margen del tema estilístico o estético, el afro debe ser entendido como una cultura que tiene ancestros (pasado), personas que viven una realidad difícil en algunos casos (presente) y un porvenir (futuro) que depende da la construcción que hagamos hoy. De manera metafórica, he tratado de incluir a los adultos mayores, jóvenes y niños. Los adultos mayores de hoy (hombres y mujeres), son quienes probablemente recurrieron a alisantes químicos en su juventud para encajar en la sociedad blanca y tener acceso a más oportunidades laborales, por ejemplo. Hoy, ya transitando la tercera edad, quizá han decidido dejar atrás los prejuicios y vivir su afro con libertad y, de alguna manera, dar un buen ejemplo a los más jóvenes. Afortunadamente, la generación actual está cambiando el chip y de a poco se ha ido reconciliando con su afro (y por ende sus orígenes) y se siente más segura y decidida a ser auténtica y no tan solo un “camuflaje” de la sociedad dominante. Con camuflaje me refiero a querer disfrazarse de algo que no se es solo para encajar y pasar desapercibidos. Los niños son más delicados, son dueños de una fragilidad invisible. Se miran en nosotros en busca de su identidad. ¿Qué queremos mostrarles? ¿Un cabello afro que es símbolo de nuestra cultura o un lacio fabricado que esconde quiénes somos de verdad? Inculcar el afro en los niños no es más que una manera de asegurar que las generaciones venideras continúen nuestra idiosincrasia y aseguren su continuidad.